Cuando un cuento cierra lo que tu alma dejó inconcluso
- Silvina Páez

- hace 1 día
- 2 Min. de lectura

Hay experiencias que necesitan tiempo para asentarse, y otras que, por más años que pasen, permanecen abiertas dentro nuestro. No porque no haya explicaciones, ni porque la persona haya hecho “algo mal”, sino porque aún falta un nivel más profundo de integración.
Esa integración no llega por la razón.Llega por la narrativa.
Muchas veces, la historia que una persona se cuenta a sí misma no es la que realmente vivió.Es una versión fragmentada, repetida desde la herida, desde la culpa o desde la confusión emocional del momento.
Por eso, cuando escribo un cuento personal, aparece una transformación muy particular: la historia se vuelve completa. Se vuelve ordenada. Se vuelve verdadera.
Y ahí ocurre algo que pocas herramientas logran: lo que estaba abierto encuentra cierre.
Cuando una experiencia se convierte en cuento:
la emoción encuentra orden,
el pasado encuentra su lugar,
la identidad deja de pelearse con lo vivido,
y surge una paz que no viene de entender, sino de integrar.
Un cuento puede transformar un capítulo doloroso en un punto de inflexión.Puede dar sentido a una decisión que durante años se sintió equivocada. Puede convertir una pérdida en un símbolo. Puede revelar la fuerza que creció en silencio mientras la persona atravesaba lo difícil.
Es por eso que tantas personas me repiten, después de leer su cuento: “Es como si algo dentro mío hubiera cerrado, por fin”.
Un cuento personal no manipula el pasado: lo honra. No corrige lo vivido: lo ordena. No niega el dolor: lo resignifica.
Y en esa resignificación, lo inconcluso se transforma. Lo que pesaba se aliviana. Lo que dolía se vuelve parte del camino. Lo que estaba abierto, se cierra.
A veces, la paz llega cuando tu historia encuentra su forma verdadera.




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