Lo que siguió después del robo
- Silvina Páez

- hace 3 días
- 2 Min. de lectura
Después del robo que sufrí en el Metro de Santiago (leer entrada anterior), muchas personas me preguntaron qué creía que había significado.
La pregunta no era inocente. Era esa necesidad tan humana de entender si los acontecimientos tienen sentido o si son apenas una sucesión de hechos sin hilo conductor.
La verdad es que yo tampoco lo sabía.
Por un lado, sentí que algo en mí había sido puesto a prueba, sobre todo mi instinto, mi reacción y mi valentía. Descubrí una fuerza que no sabía que tenía. No solo corrí detrás de alguien que me había robado, también recuperé lo que era mío y volví a subirme al mismo tren, sin miedo, con el cuerpo extrañamente en calma.
Pero había otra pregunta que empezó a asomarse, más silenciosa, más incómoda:
¿Y si ese robo también me estaba mostrando que ese teléfono ya había cumplido su ciclo?
No era una idea descabellada. El teléfono estaba viejo. Se me había caído varias veces. La pantalla se había roto dos veces en más de una ocasión. Funcionaba, sí… pero a duras penas. Como tantas cosas que seguimos usando solo porque “todavía sirven”.
Esa pregunta no pedía respuesta inmediata. Así que decidí algo que me cuesta bastante y que es no forzar una interpretación. Dejé la pregunta abierta y se la entregué al universo, sin expectativa.
Y entonces, una semanadespués, ocurrió algo inesperado.
El viernes por la tarde, mi pareja llegó a casa con un regalo: un iPhone nuevo. Fue a comprarse un teléfono para él pero hubo una sucesión de hechos "fortuitos" que lo llevaron a tomar la decisión de comprar un teléfono para mí y él seguir con el que tenía.
Lo curioso no fue el regalo en sí. Lo verdaderamente revelador fue lo que pasó dentro de mí. Me sentí libre de recibir. No sentí culpa, deuda o la necesidad de compensar o justificar. Solo recibí.
Y en ese gesto interno —tan pequeño y tan poco habitual— entendí algo importante. Muchas personas creen que abrirse a recibir es aceptar lo que llega. Pero abrirse a recibir de verdad es poder hacerlo cómodamente, con el sentimiento de gratitud y libertad.
Ahí comprendí que, más allá del teléfono, la vida me estaba mostrando otra cosa: que algo en mí ya estaba listo para recibir toda la abundancia que la vida tiene para entregarme.
Las señales de la vida son respuestas suaves a preguntas que nos animamos a hacer en silencio.
El problema es que solemos mirar la vida con rigidez: buscando mensajes claros, instrucciones precisas, explicaciones inmediatas. Y la vida no funciona así. La vida responde cuando estamos disponibles, cuando estamos abiertos a recibir las respuestas que menos podemos imaginar.
Ese día entendí que no todo lo que sucede tiene que ser interpretado, pero sí puede ser escuchado. Que hay momentos en los que hay que permitir que algo se ordene solo.
Abrirse a recibir es ampliar la mirada y abrir el corazón para poder ver las verdaderas señales que vienen para mostrarnos desde dónde estamos recibiendo.
Y esa, quizás, sea una de las formas más profundas de transformación.





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