Ocho segundos
- Silvina Páez

- 12 ene
- 3 Min. de lectura
El viernes fui al teatro a ver una obra llamada Razones para no morir. Salí a las nueve de la noche con el alma llena.
De las diecisiete obras que tengo previstas ver este mes por el Festival Santiago a Mil, esta fue, sin dudas, la mejor. De esas que entran en la categoría de memorables.
Tomé el metro en una estación ubicada al costado de la casa de gobierno. Venía muy concentrada, buscando en el teléfono información sobre los actores de la obra, cuando al abrirse la puerta en la estación siguiente, un chico pasó corriendo a mi lado y me sacó el teléfono de la mano.
Recuerdo con claridad mi primer pensamiento: “las fotos”. Y junto con eso, algo más se activó.
En lugar de paralizarme, salí corriendo detrás de él, gritando:
—¡Agárrenlo, me robó el teléfono!
Y también:
—¡Hijo de puta!
Estimo que la adrenalina sacó de mí una energía que no sabía que tenía, porque casi lo alcanzo. Estaba dispuesta a seguirlo hasta donde fuera necesario.
Mi actitud debió ser tan firme que el chico se asustó. No arrojó el teléfono al suelo: se dio vuelta, me miró, lo apoyó sobre una pequeña columna y siguió corriendo.
Lo tomé. Y volví a subirme al metro. Al mismo tren. Sin terminar de caer en cuenta de lo que acababa de pasar.
Comencé a observarme: mis manos estaban calmas. Mi respiración también.
Unos minutos antes había estado chateando con un amigo. Le escribí para contarle lo ocurrido y me respondió que había sido muy valiente.
La reacción de mi pareja fue distinta. Protestó .Que qué hacía viajando en metro. Que por qué iba mirando el teléfono. Como si esas fueran conductas “anormales”, como si hubiera algo mal en mí.
El sábado por la tarde volví a ir al teatro en metro, pero esta vez desde un lugar completamente diferente: el de observadora.
Lo primero que hice fue medir el tiempo que tarda el metro en abrir y cerrar sus puertas. Aproximadamente ocho segundos.
Lo que ocurrió —correr, gritar, recuperar el teléfono y volver a subir— fue demasiado para esos ocho segundos. Por eso creo que el conductor esperó al escuchar mis gritos, y también porque había un hombre más corriendo detrás del chico. Estimo que él también había sido víctima del robo, porque continuó persiguiéndolo con mucha angustia.
Observé además que alrededor del 90% de las personas viajaban mirando su celular, llevándolo en la mano, exactamente como lo había hecho yo el viernes.
Y fue en ese observar donde algo se ordenó dentro de mí.
Ir ahora por la vida con miedo, escondiendo el teléfono, no es prudencia: es normalizar la violencia. Está mal que nos roben. Está mal que nos quiten de las manos lo que es nuestro. Y no podemos normalizar lo que está mal solo porque creemos que no podemos cambiarlo.
Esa reflexión me llevó a una pregunta que desde el sábado no dejo de hacerme:
¿Cuántas cosas en nuestra vida que nos hacen mal las normalizamos porque creemos que no las podemos cambiar?
Desde entonces voy encontrando pequeñas situaciones en mi vida que me limitan, que había aceptado como “normales”, y frente a las cuales hoy estoy dispuesta a asumir el riesgo de cambiar.
Para terminar, quiero contar un detalle que para mí tiene un valor simbólico enorme.
El viernes hice algo que nunca hago: fui al teatro con zapatillas. No sé por qué ese día lo hice. Normalmente voy con tacones o con mocasines, incluso en esta época del año en Santiago, cuando hace tanto calor. Ese viernes hubo más de treinta grados y, aun así, me puse unas zapatillas Adidas gruesas.
Esas zapatillas fueron las que me permitieron correr. Y recuperar lo que es mío. 🤍
La normalización de situaciones que nos dañan suele convertirse en uno de los bloqueos más invisibles de nuestra vida. Cuestionar lo que aceptamos sin darnos cuenta —en lo cotidiano, en los vínculos, en nuestras decisiones— es un primer paso hacia una mayor claridad, coherencia interna y libertad personal. La transformación comienza cuando dejamos de justificar lo que nos limita.





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