Agustina y la ventana de dos horas
- Silvina Páez
- hace 6 días
- 2 Min. de lectura
Cuando Agustina tenía ocho años, sus amigos vivían en un mundo que cabía en la palma de sus manos. Era un mundo luminoso, lleno de sonidos, filtros y mensajes que viajaban más rápido que el viento. Pero sus padres le habían puesto un límite: solo dos horas al día podía asomarse a esa pequeña ventana llamada pantalla.
Al principio, Agustina no entendía. En el colegio, sus compañeros se reían porque no sabía de ciertos juegos, porque no respondía en los chats a medianoche, porque no seguía a las personas “que todos seguían”. El murmullo de las burlas a veces pesaba más que su mochila.
—Algún día lo vas a agradecer —decía su madre, mientras le servía un vaso de limonada.
Con los años, algo curioso empezó a suceder. Cuando no estaba frente a la pantalla, Agustina descubría que había otras ventanas… invisibles, pero infinitas. Una se abría cada vez que abría un libro y viajaba a mundos que ningún algoritmo podía mostrarle. Otra aparecía cuando salía al jardín y escuchaba el lenguaje secreto de las hojas. Había una más, que se abría cuando tomaba su bicicleta y dejaba que el viento le despeinara los pensamientos.
Mientras sus amigos se quedaban pegados a sus teléfonos, ella aprendía a leer el cielo, a reconocer la hora por el canto de los pájaros, a escribir historias en un cuaderno de tapas gastadas.
El tiempo pasó, y Agustina creció. Se convirtió en una mujer que no corría detrás de lo que todos hacían, sino que caminaba hacia donde su corazón la llamaba. Mientras otros seguían tendencias, ella seguía su propia brújula. Su creatividad, su amor por la naturaleza y su capacidad de escuchar a los demás sin distracciones se convirtieron en su mayor fortaleza.
Una tarde, recordando su infancia, comprendió la verdad: sus padres no le habían quitado tiempo de pantalla, le habían regalado tiempo de vida.
Porque a veces, el mayor acto de amor es enseñarnos a no seguir al rebaño… sino a descubrir el sendero que nace bajo nuestros propios pies.
¿Qué ventana invisible podrías abrir hoy para que tu vida no dependa de una pantalla, sino de tu propia luz?

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