Delia y el silencio que florece
- Silvina Páez
- 9 ago
- 3 Min. de lectura
Durante cincuenta años, Delia vivió en una casa donde el reloj no marcaba su tiempo. Cada gesto, cada palabra, cada decisión estaba tejida con hilos ajenos: los del esposo que elegía por ella, los de la sociedad que dictaba cómo debía ser una buena mujer.
Desde los veinte años, se dedicó a cuidar. Primero a su marido. Luego a sus tres hijos. Su vida fue una lista de tareas invisibles, de esfuerzos callados, de silencios impuestos. En esa casa, el ruido no venía de la alegría. Venía de los partidos de fútbol a todo volumen, de los gritos que exigían comida caliente y ropa impecable, de los reproches disfrazados de autoridad. El amor se nombraba, pero no se sentía.
Delia era una costurera hábil, con manos de oro y mirada paciente. Pero cada vez que intentaba brillar por sí misma, una sombra la apagaba. Cuando quiso tener su propio dinero, recibió humillación. Cuando quiso tener amigas, escuchó reproches. Cuando su hija Florencia quiso trabajar o estudiar, el padre la obligó a casarse joven, repitiendo el mismo patrón.
Con el tiempo, los tres hijos de Delia se fueron a vivir al extranjero. No querían criar a sus hijos bajo esa sombra, ni ver a su madre apagarse poco a poco. Y Delia se quedó en esa casa que nunca sintió del todo suya, pero que conocía como la palma de su mano.
Y entonces, un día, el silencio llegó.
Su esposo murió.
La casa quedó vacía de pasos… pero también de órdenes.
Al principio, el silencio fue punzante, casi cruel. Cada rincón parecía recordarle que estaba sola. Pero al cabo de unos días, ese mismo silencio comenzó a susurrarle algo distinto. Ya no había gritos. Ya no había juicios. Solo estaba ella. Y por primera vez, no era la ausencia de otro… era la presencia de sí.
El silencio dejó de doler.
Se volvió compañía.
Y la soledad, lejos de ser castigo, se volvió jardín.
Delia descubrió que podía comer cuando quería, hablar con sus hijos sin interrupciones, caminar por la casa sin justificar nada. Aprendió a usar el computador que su esposo había dejado, impulsada por su hija Florencia, quien desde el otro lado del mundo la animaba con ternura a escribirle correos para mantenerse conectadas. Al principio eran tímidos. Los siguientes, poesía pura.
Cada palabra era una flor que nacía de una tierra fértil: la de su alma liberada.
Fue en uno de esos mensajes donde Florencia le escribió:
—Mamá, deberías escribir un libro. Tenés una forma de contar que acaricia el alma.
Delia se rió en voz baja. ¿Ella, escribir un libro?
Pero la idea quedó flotando.
Mientras tanto, algo más estaba ocurriendo: Delia, por primera vez, comenzó a invitar a sus vecinas a tomar el té, a almorzar, a conversar largo y tendido. Esas mismas vecinas que durante años habían sido saludos rápidos o encuentros en la vereda, ahora entraban a su casa con confianza, y se quedaban a compartir risas, lágrimas y memorias. De esas tardes nacieron confesiones y también sanación.
Así se formó, sin planearlo, el Club de Viudas Empoderadas: mujeres que por muchos años habían estado sometidas a las reglas de una sociedad que las educó para servir, no para ser. Pero ahora, juntas, empezaban a recordarse mutuamente que aún estaban vivas. Y que podían vivir distinto.
Delia buscó un taller de escritura. Se anotó. Escribió. Y una novela nació. La presentó a un concurso… y ganó. El premio era su publicación.
En la presentación del libro, la sala estaba llena. No de editoriales ni periodistas. Estaba llena de mujeres con los ojos húmedos y el alma encendida. Sus amigas, sus vecinas, su hija que había viajado para acompañarla.
—¿Cómo hiciste para empoderarte? —le preguntaron.
Delia sonrió y respondió:
—Aprendí que el silencio no es vacío. Es espacio sagrado. Y entendí que el dinero no es codicia: es energía que te permite abrir las alas. Cuando dejé de temerle a la soledad… comencé a habitarme. Y al dejar de tener miedo a brillar, supe quién soy.
Y así, con 70 años, Delia se convirtió —por fin— en la protagonista de su historia.
¿Qué parte de ti podría florecer si dejaras de esperar permiso para ser quién eres?

Comentarios