Gabriela y el retrato invisible
- Silvina Páez
- 19 jul
- 3 Min. de lectura
Gabriela tenía 42 años y llevaba más de dos décadas proyectando edificios que no habitaba, diseñando espacios donde no vivía su alma. Era arquitecta por linaje, por expectativa, por tradición… no por deseo.
Su padre, su madre, incluso su abuelo habían levantado imperios de concreto que sostenían la economía y el prestigio familiar. Ella, en cambio, solo sentía plenitud cuando tomaba su vieja cámara de fotos y capturaba las huellas de la luz en una pared, la curva secreta de una escalera, el reflejo de una ventana en el agua. La arquitectura la encerraba. La fotografía la liberaba.
Pero había aprendido a callar.
Hasta que el cuerpo gritó lo que su voz no decía: un bulto en el pecho, una sacudida en el corazón, una grieta en los cimientos de su vida. El diagnóstico de cáncer no fue el enemigo, fue la campana. Y Gabriela despertó.
Durante el tratamiento, descubrió algo que nunca había sospechado: su alma tenía un lenguaje propio, y se hablaba con imágenes. En cada sesión de quimio, llevaba su cámara. Tomaba fotos de manos entrelazadas, de sonrisas cansadas pero verdaderas, de la esperanza escondida detrás de las cicatrices.
Cuando por fin le dieron el alta, organizó una fiesta. La llamaron “Celebración de Vida”. Acudieron familiares, amigos, empleados de la empresa, incluso su esposo, siempre impecable, siempre en control. Y en medio del brindis, Gabriela alzó su copa y dijo, sin temblar:
—Hoy celebro estar viva. Y por eso, dejo de vivir la vida que otros soñaron para mí. Renuncio a mi cargo en la empresa. A partir de mañana, soy fotógrafa. No por hobby, sino por vocación.
Hubo silencio. Luego murmullos. Y una copa que se quebró en algún rincón.
Lo que no dijo en voz alta fue que también quería divorciarse. Pero no hizo falta. Esa misma noche, su esposo se lo planteó. No enojado, sino frío, como si hablara de un proyecto fallido:
—Yo me casé con una mujer de negocios. No quiero una artista. No creo que esto funcione.
Gabriela no discutió. Solo sonrió. Porque en ese instante entendió que ya no era una pieza que debía encajar.
Días después, mientras caminaba sola por el parque, encontró una pequeña galería de arte con un cartel que decía: “Se buscan miradas únicas”. Entró. Mostró sus fotos. La curadora, una mujer de ojos brillantes, le dijo:
—Estas imágenes no están hechas con técnica. Están hechas con alma. Es justo lo que necesitamos.
Y así, Gabriela tuvo su primera exposición.
Pero la magia no terminó ahí.
En la noche de inauguración, mientras todos observaban sus retratos, una niña pequeña se le acercó. Señaló una foto en blanco y negro, donde una mujer calva miraba por una ventana, con una mezcla de fragilidad y fuerza imposible de fingir.
—¿Esa sos vos? —preguntó la niña.
Gabriela asintió.
—Es hermosa —dijo la niña—. Parece una reina de la luna.
Y en ese momento, el corazón de Gabriela entendió todo: no había renunciado a nada. Había regresado a sí misma. Había recuperado su corona invisible.
Desde entonces, Gabriela siguió capturando lo esencial: las cicatrices que embellecen, las verdades que sanan, los silencios que hablan.
Y cuentan que sus fotos, cuando se cuelgan en una casa, hacen algo más que decorar: despiertan.
Despiertan memorias dormidas.
Despiertan decisiones postergadas.
Despiertan almas que, como la suya, un día se atrevieron a ser honestas.
🌙 Porque cuando una mujer elige su verdad, el universo entero rediseña sus planos para que ella pueda habitarlos con el alma completa.

que hermosa muchas gracias bendiciones