Las papas de colores
- Silvina Páez
- 16 ago
- 3 Min. de lectura
Mariana tenía 35 años cuando sintió que la vida le había cumplido cada uno de sus sueños. Un esposo cariñoso, tres hijos pequeños sanos y brillantes, una casa luminosa en el lugar que siempre imaginó. Todo parecía estar en su lugar. Amaba su trabajo en una fundación que ayudaba a emprendedores, amaba ser mamá, y amaba el hogar que había construido.
Pero la vida, a veces, golpea como un rayo inesperado en medio de un día soleado.
Su hijo Tomás, de apenas siete años, comenzó a enfermarse. No eran fiebres comunes ni alergias infantiles. El diagnóstico llegó como una sentencia: leucemia. Y de las más agresivas. Solo un mes y medio después de recibir la noticia, Tomás murió.
La casa, antes llena de risas, quedó en penumbras. La luz no entraba igual por las ventanas. La risa de los otros hijos sonaba ahora como un eco lejano de lo que fue. Mariana no podía levantarse de la cama. Su esposo, con un amor incondicional, la abrazaba en silencio cada noche, y cada mañana salía a trabajar para sostener lo que quedaba. En su oficina, lloraba a escondidas con ese llanto que da hipo y vacía el alma.
Fue entonces, tres meses después, cuando la primera señal llegó.
Una noche Mariana soñó con Tomás. En el sueño, él se acercaba con su sonrisa luminosa y le decía:—Mamá, ¿me haces papas fritas? Pero que sean de colores. Y que hagas muchas, muchas… para todos los niños del mundo.
Al despertar, sintió que no había sido solo un sueño. Había sido un pedido. Una misión.
Todavía en pijama, y con el té aún sin terminar, Mariana se sentó frente a la computadora. Buscó variedades de papas nativas: violetas, rojas, naranjas, blancas. Y sin saber cómo, comenzó a armar un plan de negocios. Lo llamó: Papas Tomás. En honor al niño que aún hablaba a través de sus sueños.
Por primera vez en meses, su esposo la vio levantarse temprano, vestirse con entusiasmo y salir de casa con dirección clara: una pequeña fábrica artesanal de snacks que aceptaba visitas.
La idea fue tomando forma. Acudió a su primo, que dirigía la fundación. Él dudó, claro: era un producto de nicho, más costoso. Pero el brillo en los ojos de Mariana le recordó al de la joven apasionada que había sido siempre. Y la apoyó.
Un año después de la partida de Tomás, las Papas Tomás ya eran una realidad. Mariana, junto a tres mujeres de la comunidad, había montado una pequeña producción artesanal. Colores vibrantes, sabores suaves, empaques con dibujos de niños sosteniendo estrellas.
Un día, un representante del gobierno llegó con una propuesta inesperada: quería que esas papas se exportaran como producto emblema del país. No solo ofrecía ayuda económica, sino capacitación, marketing, y una red de distribución internacional.
Y fue así como, el día en que Tomás hubiera cumplido quince años, Mariana y su familia encendieron una vela sobre una torta de chocolate. Las Papas Tomás ya se vendían en varios países. Algunos las elegían por su sabor. Otros por sus colores. Y otros, sin saberlo, porque traían en su esencia un susurro de esperanza.
Ese día, Mariana miró al cielo y susurró:—Gracias, hijo. Este sueño era tuyo. Yo solo lo sostuve con amor.
Y entonces, algo mágico ocurrió.
Una luz entró por la ventana, aunque el cielo estaba nublado. Un rayo dorado que iluminó la cocina. Mariana cerró los ojos… y por un instante, juraría haber sentido la risa de Tomás corriendo por la casa.
¿Qué amor transformador podrías convertir hoy en un acto de creación que honre lo que más has amado?

Hermosa historia! Conozco casos parecidos, como a veces el dolor los impulsa a hacer cosas increibles. Gracias por éste comentario