Perla y la bendición disfrazada
- Silvina Páez
- 2 ago
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Durante cuarenta años, Perla vivió en la misma casa, con las mismas paredes, el mismo jardín, y el mismo hombre: José. Se habían casado cuando ella tenía apenas veinte, porque una prueba de embarazo había dictado el camino, y en sus familias, lo que no era dentro del matrimonio… era pecado.
Ella recordaba con nitidez el día en que, mientras su hijo Mateo aún balbuceaba palabras, descubrió la primera infidelidad de José. Lloró durante días, pero no se fue. A cada nueva traición, su dolor se hacía más silencioso. Lo justificaba con frases que repetía como mantras gastados: “Es buen padre”, “es buen proveedor”, “no me falta nada”. Pero lo que no decía —ni siquiera a sí misma— era que cada engaño la marchitaba. Que la hacía sentir menos, invisible, vieja sin haberlo sido.
Los años pasaron como suspiros no dichos. Perla fue madre, ama de casa, organizadora de reuniones escolares, sostén emocional de todos… menos de sí misma. No trabajó fuera del hogar, no salió más que para hacer las compras. No se volvió a mirar al espejo con deseo.
Y entonces, a los 60 años, la vida le rompió lo poco que creía firme: José le pidió el divorcio. Otra mujer —joven, fértil, distinta— estaba esperando un hijo suyo.
Fue un escándalo familiar. Un abismo sin fondo. Perla creyó que iba a desaparecer.
Pero algo inesperado ocurrió: su hijo Mateo, ya adulto, le tomó la mano una noche y le dijo con ternura:
—Mamá, ¿qué sueño tuviste antes de ser mamá?
Perla, que nunca había hablado de eso con nadie, sintió que algo dormido despertaba. Con voz temblorosa, respondió:
—Quería ser enfermera. Siempre sentí que había nacido para cuidar, para sanar…
Mateo sonrió. Y le propuso lo impensado: estudiar.
A los pocos meses, Perla ingresó a la universidad. Rodeada de jóvenes de 18, 20, 25 años, fue recibida como una igual. Sus compañeras la admiraban, la escuchaban, le pedían consejos. La llamaban “la valiente”, “la reina de la segunda oportunidad”. Ella, que había vivido años sintiéndose menos, ahora era faro.
Cuando se graduó, en el acto de colación, no solo sus hijos la aplaudieron. También lo hicieron las madres de sus compañeras jóvenes, que la habían escuchado nombrar tantas veces, que fueron a conocerla. Y algunas de ellas, al año siguiente, se animaron a inscribirse en carreras. Perla no solo se había salvado a sí misma: había encendido antorchas en otras mujeres que también pensaban que “ya era tarde”.
Con el tiempo, conoció al nuevo hijo de José, y a la mujer que ahora estaba con él. No sintió celos, ni odio. Sintió compasión. Esa mujer también tenía una historia. Y al conocer la transformación de Perla, se animó a dejar de vivir a la sombra de José. Empezó a estudiar, a trabajar, a brillar.
Incluso José cambió. Porque cuando una mujer se libera, no solo se sana ella. La sanación se esparce como un río de agua viva.
Perla comprendió entonces que la peor herida de su vida no había sido una maldición, sino una bendición disfrazada. Una llave. La que abrió la puerta que siempre había estado cerrada: la de su propia vida.

¿Qué situación en tu vida sentís que fue una tragedia… pero tal vez era una bendición disfrazada?
Silvina sigue escribiendo esas historias que llenan el alma y alumbran las esperanzas en los corazones. Felicidades.