Por qué un cuento puede sanar donde las palabras no llegan
- Silvina Páez

- 7 ene
- 1 Min. de lectura

Las historias siempre fueron la manera en que los seres humanos entendimos la vida. No aprendemos por instrucciones lineales, sino por narrativas que dan sentido a lo que sentimos, vivimos y atravesamos.
Pero hay un nivel aún más profundo en el poder de una historia:el nivel en el que la historia habla de vos.
Un cuento personal no describe: revela. No analiza: transforma. No explica: reorganiza.
Un cuento espiritual toma tus experiencias —las luminosas y las difíciles— y las convierte en un hilo coherente que muestra el aprendizaje interno que estaba oculto.
Cuando escuchás tu historia narrada desde arriba, sin juicio, sin peso emocional, algo cambia. Tu mirada se suaviza. Tu interpretación se ordena. Tu identidad se expande.
Lo que dolía se convierte en comprensión. Lo caótico encuentra un hilo conductor.Lo que pesaba se vuelve enseñanza.
Hay emociones que no se destraban con razonamientos. Hay heridas que no responden a explicaciones. Hay momentos de la vida que solo se integran cuando alguien te ayuda a mirar tu camino con otro enfoque.
Eso es lo que hace un cuento personal bien narrado: te permite verte desde un plano más verdadero.
Y cuando cambiás la forma de interpretar tu historia, cambia también la forma en que te habitás a vos mismo.
Muchas personas me dicen que los cuentos que escribo para cerrar sus procesos les resuenan durante meses… incluso años. Porque no hablan del pasado:hablan de quiénes son cuando se miran sin miedo y sin distorsión.
El cuento no es un cierre. Es una llave. Un espejo. Un mapa. Una forma de volver a vos cuando necesitás recordar quién sos en verdad.




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