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El espejo del alma

Había una vez una mujer llamada Cecilia, de veintinueve años, que vivía entre agendas apretadas y planes cuidadosamente trazados. Estaba a punto de casarse con Tomás, un hombre que, a los ojos de todos, era perfecto: amable, educado, estable. “Estás haciendo lo correcto”, le repetían. Y ella asentía. Porque sí, todo parecía en orden.


Una tarde templada, Cecilia fue a encontrarse con su mejor amiga de la infancia, Julieta, en un café para planear juntas la visita a la boutique donde elegiría su vestido de novia. Julieta la acompañaría en ese momento tan simbólico.


Pero apenas cruzó la puerta del café y vio a Julieta sentada junto a la ventana, algo dentro de Cecilia se estremeció. Fue una sensación sutil pero inequívoca, como un eco del alma que decía: “Ellos dos… tienen algo.”


Se quedó quieta unos segundos, mirando sin ser vista. No había gestos obvios, ni miradas comprometedoras. Pero su cuerpo lo supo. Su intuición, clara como una campana en el silencio, habló sin palabras.


Y, sin embargo, Cecilia eligió no escuchar. Sacudió la cabeza, se forzó a sonreír y se acercó con un saludo alegre.


—¡Al fin! Estuve soñando con este café todo el día —dijo, como si pudiera esconder la voz interior bajo una conversación cualquiera.


Julieta le sonrió con afecto. Hablaron de encajes, de flores, de la ceremonia. Y Cecilia participó como si todo fuera real. Como si el futuro estuviera intacto. Pero en el fondo, algo se apagó en ella desde ese momento. No fue tristeza. Fue una desconexión. Una distancia imperceptible entre lo que vivía y lo que sentía. Como si se hubiera apartado de su alma… por miedo a la verdad.


Se casó. Fue fiel al guion. Sonrió en las fotos, agradeció los regalos, construyó una vida. Pero cada día sentía menos. Como si viviera en un cuarto sin ventanas, donde el tiempo pasaba pero el alma no respiraba.


Años después, al ordenar cajas olvidadas, encontró una carta vieja. No tenía fecha ni firma, pero reconoció de inmediato la caligrafía de Julieta. Era una carta escrita a Tomás. Había amor en esas palabras. Amor escondido, tal vez no consumado entonces… pero real.


Cecilia no se sorprendió. Solo se quedó quieta, con la carta entre los dedos, recordando aquel día en el café. La intuición no le había fallado. Ella fue quien falló en escucharla.


Pero eso no fue el final. Fue el principio.


Después del divorcio, se fue a vivir sola. Pintó las paredes de su nuevo hogar con colores que nunca antes se había permitido. Empezó a estudiar arte, a bailar en casa sin razón, a caminar descalza, a cocinar para ella.


Una noche, durante una meditación, tuvo una visión: un espejo suspendido en el aire. Al acercarse, no vio su rostro, sino una figura luminosa que la miraba con ternura. Era ella misma… sin miedo.

Y esa imagen le susurró:


—La intuición no grita. Susurra. No explica. Sabe.


—¿Y cómo la reconozco? —preguntó Cecilia.


—Porque cuando es intuición, el cuerpo lo sabe antes que la mente. Porque aunque incomode, da paz.

Desde ese día, Cecilia se comprometió con una sola verdad: jamás volvería a traicionar su alma. No necesitaba certezas externas. Su brújula era interna, sabia, sagrada.


Y cuando alguien le preguntaba cómo supo que había tomado el camino correcto, ella sonreía con dulzura y decía:

—Porque esta vez, me creí.

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